Los hermanos Duffer estaban obsesionados con las novelas de Stephen King, las películas de los '80 y los experimentos como el MK Ultra del ejército de los Estados Unidos. De ahí surgió Montauk, su proyecto de serie que, más tarde, se convertiría en Stranger Things y que, tras muchas complicaciones, se estrenaría en 2016 y se convertiría en un hit de Netflix durante los siguientes años. El resto es ya conocido por todo el mundo: la historia de Eleven y su grupo de amigos acabaría siendo un fenómeno cultural que ahora, en 2026, llega a su final, pero ¿habrá valido la pena o se habrá conformado con ser la copia de una copia?
El fenómeno Stranger Things
Mi relación con Stranger Things es turbulenta. Disfruté mucho de la primera temporada, porque me recordó a Stephen King en una época en que se echaban de menos las adaptaciones buenas del escritor de Maine. También me lo pasé muy bien con la segunda, aunque es muy odiada por el fandom (imagino que el toque Gremlins y el tema de Halloween). Después, llegó la gran decepción, que fue la tercera, la del centro comercial, los rusos y el quererse demasiado a sí misma. Por suerte, con una pandemia de por medio, tuvieron tiempo para mejorar con la cuarta, crear a un villano a la altura (Vecna) y retomar hilos de la primera. Y todo quedó preparado para una quinta temporada que (ay) me temo, es más similar a la tercera temporada que a los mejores momentos de la serie y un espectador, por mucho que le haya tomado cariño a estos personajes, estaba deseoso ya de que concluyese.
A mí me ha costado llegar al final de esta quinta temporada, hipertrofiada hasta decir basta, y he luchado muchas veces contra un displacer que no era provocado por un enorme ejercicio de exigencia intelectual, sino por un guion que abusaba de explicar una y otra vez todo, poner a los personajes a dar vueltas, ser incapaz de darles a todos una función... y la incredulidad ante algunas escenas que causaban cierta vergüenza ajena.
Me he forzado a mí mismo a que me gustase y salvo con algunos instantes aislados, lo que ha logrado es la decepción.
(En resumen, que cada vez que veo a un niño en bici digo: «mira, un strangerthing», pero ahora mismo, no sé si sería para insultarlo).
El fin de la aventura
Los grandes problemas de esta quinta temporada no han estado en que se haya estrenado en tandas de tres capítulos (se entiende por la pasta que habrá llevado hacerla) o haya una escena donde un personaje revele que es gay (el diálogo no me parece malo, el contexto era... mejorable), sino que se siente que cada capítulo debía durar una hora o más por obligación y todo tenía que ser lo más grande posible, a riesgo de cargarse la propia trama. A esto se suma la falta de valor de sus creadores o de la propia Netflix, que puede que haya encadenado la creación de los hermanos Duffer como si fuese el demogorgon. Ya sabemos que se vienen un montón de spin-off en camino (cuando estuve en Tokio, había un montón de merchan de Stranger Things, como si se la intentasen colar como fuera a los espectadores) y eso hace que el dar un paso más allá pueda ser discutible. De ahí que el Pennywise de Welcome to Derry te arme una carnicería en los cinco primeros minutos del último episodio y aquí cueste que tomen decisiones similares, ya sea por el target o el objetivo comercial de la trama.
Otro problema puede que vengar de su mayor virtud: el homenaje a los '80. Si bien agradezco a la serie que muchos de mis alumnos sepan qué mal se peinaba la gente en esa época, quién es Kate Bush o qué es un walkie-talkie, también tenemos el problema de que el constante homenaje a otras obras hace que la serie nunca despegue por sí misma y que muchos críticos hallen temas que criticar. Por ejemplo, la escena de la lavadora. Más allá del homenaje a Parque Jurásico, me temo que la resolución de esa escena (que nos hace entornar los ojos) recuerda demasiado a las decisiones arbitrarias de filmes famosos de la década, como Jóvenes ocultos y esa bañera para cargarte vampiros. Su virtud es su defecto.
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| Stranger Things concluye con su quinta temporada. ¿Habrá estado a la altura de las expectativas? |
Los males del streaming
A esto se le suman los horrores narrativos de las series de streaming actuales. Muchas están escritas para ser «disfrutadas», mientras el público está con el móvil y eso nos lleva a diálogos repetitivos, a explicaciones continuas y reiterativas y a momentos donde solo falta que salga un rótulo para darle sentido a todo para que, hasta el más tonto, entienda lo que está sucediendo. Para los que le prestamos atención, lo que nos queda es la sensación de que se nos toma el pelo y que se podría haber recortado bastante. Hasta la explicación de qué es el mundo del revés ya no sorprende tras cuatro temporadas donde ya todo da igual. Lo importante es la relación entre los personajes y estas han sufrido bastante el fenómeno fan. Hace ya tiempo que Millie Bobby Brown no interpreta a Eleven, sino al personaje que adoran los fans (lo mismo ocurrió con Maisie Williams, que daba vida a Arya Stark en Juego de Tronos hasta que empezó a dar vida a la idea de badass que la gente tenía sobre su personaje). Una lástima.
A nivel interpretativo, el reparto se ha enfrentado a muchas escenas que no llevaban a mucha parte o personajes que se han hecho planísimos (Hopper solo está para quejarse de Eleven y de quienes lo rodean o soltar algún chascarrillo que supuestamente hará gracia... a alguien). Del mismo modo son tantos los personajes que poco pueden hacer por brillar, aunque el capítulo final de Stranger Things tenga más finales que El retorno del rey (como decían en Kiss kiss bang bang).
Si bien Stranger Things ha servido para resucitar la carrera de actrices como Winona Ryder o dar a conocer a eternos secundarios como David Harbour, sus personajes poco han hecho más de ser reconocidos por los fans. Cabe pensar cuántos de estos jóvenes actores (Finn Wolfhard, Gaten Materazzo, Caleb McLaughin, Natalie Dyer...) seguirán adelante y cuántos se convertirán, tristemente, en carne de cañón de esos rankings donde se habla de los juguetes rotos de Hollywood. Las redes sociales, por ahora, no tienen piedad con muchos de ellos (basta ver el caso de Millie Bobby Brown, convertida en protagonistas de memes debido a las dudosas decisiones de fotografía de la serie o los posibles retoques estéticos, o Noah Schnapp, al que alguien debería supervisarle sus relaciones públicas).
Esperemos que el futuro sea más optimista para Joe Keery (aunque sea en la música), Jamie Campbell Bower (criminal el downgrade que ha sufrido su personaje y lo desaprovechado que está) o Maya Hawke. Sobre el cameo en esta quinta temporada de Linda Hamilton, otra oportunidad perdida para nuestra querida Sarah Connors.
Lo mejor y lo peor
Más allá de todo esto, se destaca el aspecto musical que, por mi parte, me sigue pareciendo deudor del bueno de John Carpenter y de una playlist de lo mejor de los '80 de Spotify, además de los efectos especiales, que aunque sean interesantes cuanto más prácticos son, no encajan del todo con el uso de algún croma o una dirección de fotografía que no es siempre la más oportuna (el mundo rojizo de Vecna parece más falso ahora que en la cuarta temporada y Linnea Berthelsen, en algunos planos, parece un hobbit). Son temas técnicos que algunos usan como punta de lanza para defender la serie y pienso que no es una punta de lanza que sea muy afilada. Al menos imagino que Jon Peters estará contento porque aparezca una araña gigante durante dos minutos.
De todos estos episodios, me quedo con la última media hora que, aunque llena de elementos, nos regala algunos momentos emotivos, entre despedidas, que han estado muy bien. Me quedo, ante todo, con esa última partida de rol, aunque no por la teoría que suelta Mike, sino por la importancia y el valor de contar historias y sobre cómo estas inspiran a los más jóvenes a tomar el relevo. Como profesor que una vez fue un chaval friki (sigue ayudando a que alumnos puedan serlo) supone completar el círculo. Así que ha sido, seguramente, mi escena favorita de esta quinta temporada.
Más allá de todo esto, he luchado por no ser hater de Stranger Things. Y por tampoco ser un lover. Hay aspectos que he disfrutado bastante, pero otros que me hacen pensar que recordaré la serie con cierto tedio, más que con cariño. Por un lado, hay gente que odia esta serie porque sí: porque es un homenaje tras otro, porque hay un personaje homosexual (la gente que se queja de esto debería sentir cierta vergüenza, que estamos ya en 2026), porque a los chavales les gusta... Pero, por otro, también hay un séquito de fanátícos que adoran cualquier cosa de esta serie, ya sea porque realmente la disfrutan, por moda o por nostalgia. En mi caso, me quedo en medio y eso supone que me llevaré el balazo de ambos bandos. En fin, es lo que hay.
Con la quinta temporada de Stranger Things «concluye» un fenómeno (pese a quien le pese) que nos ha acompañado durante nueve años y que supone el «adiós» de uno de los buques insignia de Netflix. Ahora, se convertirá en una franquicia como aquellas a las que homenajeaba, pero nos cabe preguntarnos qué pasará cuando todo sea una copia de una copia, pero acaso, ¿no lo es ya?
P.D.: Se cumple mi regla de: si suena el Héroes de David Bowie en los créditos, ya algo pasa a ser directamente bueno.




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