![]() |
| ¿A quién no le ha pasado esto cuando se encuentra con su crush espaciotemporal? |
«Podemos volver dentro, esperar que se nos termine el aire y morir o podemos ver lo que hay al otro lado».
Historias vacías
Trillium mezcla dos historias en «paralelo»: la de Nika en el año 3797 y la de William en 1921. Ambos buscan el secreto de una flor, trillium, con la que se podrá evitar una enfermedad que aniquilará a toda la raza humana. En medio, un misterioso templo con alienígenas que preservan esa flor. A partir de su encuentro, comienzan una serie de paradojas temporales las cuales decidirán el destino de la humanidad.
¿Parece prometedor? ¿Sí? Bien, pues las apariencias engañan. A esta mezcla de los debates sobre la comunicación (ya vistos en La llegada) y el tema de cruces espaciotemporales (a medio camino entre La fuente de la vida y un episodio chunguero de Doctor Who) se le queda un sabor completamente insípido al no conseguir transmitir nunca lo que desea.
Más allá del hecho de que el lector nunca conecte con su historia, la relación entre Nika y William, basada en un supuesto flechazo, nunca es creíble. Es más, lo hubiera sido si se hubiesen enamorado de la IA que les ayuda en varios momentos, con la cual parecen tener más química que entre ambos. De resto, un séquito de personajes odiables o, peor, olvidables, y un mundo de ciencia ficción que, aunque se le nota cierto mimo, poco aporta.
Un intento que se queda en nada
La ciencia ficción es un género que suele tener lo que llamo: «novelas conceptos». Son historias que abordan más el trasfondo que a los propios personajes. No es tan importante lo que sientan, sino el mundo que habitan. Y, en ocasiones, es interesante. En obras como El fin de la infancia, se aborda más el primer contacto que la evolución de los personajes que la protagonizan, por ejemplo. Aún así, es una gran novela por cómo consigue profundizar en su interesante premisa.
En el caso de Trillium, se percibe lo que llamo: «el mal de Netflix», es un cómic que más bien parece un storyboard para vender los derechos a la compañía de streaming y que esta lo convierta en su próxima adaptación de un tebeo que acabará siendo olvidada en un par de días. No es la primera vez que le pasa a Lemire y tampoco es la primera vez que le pasa en la ciencia ficción: ya le ocurría en Sentient, aunque ahí el dibujante Gabriel Walta salvaba los muebles.
En un texto extra donde aparece descifrado el idioma alienígena de marras que a. a nadie le importa, Lemire habla de cómo intentó crear un mundo de ciencia ficción creíble, pero es el enésimo ejemplo del mal del worldbuilding: te vuelves loco a crear idiomas extraterrestres y te olvidas de lo más importante: hacer que los personajes sientan y padezcan. Si el lector no conecta con eso, poco podrá disfrutar del escenario que hayas preparado (un mal que, por otra parte, suele ser habitual de la ciencia ficción).
Más allá de la hueca historia, contamos con el dibujo de Lemire, con un estilo que recuerda a los tebeos underground, que es un modo sencillo de decir que recuerda al estilo con el que un adolescente dibuja en su libreta. En ciertos puntos, hace alardes narrativos como poner viñetas al revés, pero no son fórmulas innovadoras por mucho que quieran venderse como tal (llevan haciéndose en el mundo del cómic desde sus orígenes y ya Alan Moore las reflotó en Promethea y similares).
Trillium es, pese a sus reconocimientos, un tebeo anodino y olvidable, por el que dudo que atravesásemos un agujero negro.
- Puntuación: ⭐⭐/5



No hay comentarios:
Publicar un comentario
Puedes comentar mediante nick, anónimamente o con tu cuenta de correo o similar. No almacenamos ninguna información.
¡Muchas gracias por tu comentario!