La gran decepción
La tercera temporada de Stranger Things supuso hacer más grande el producto y convertirlo en una saga que permitiese explotar la franquicia. Centrada en el verano de los chavales que llevamos siguiendo desde la primera temporada, esta tanda de capítulos comenzó dubitativa, para luego volver complaciente y demasiado deudora de los homenajes poco sutiles a John Hughes y Stephen King.
Quejarse de guiños en Stranger Things es como quejarse de quedarse en coma tras darte un buen golpe en la cabeza, pero es que en esta tercera temporada, el poco disimulo llevó a que los personajes se hubiesen convertido en una parodia unidimensional de ellos mismos. Los actores no interpretan, sino que son conscientes de la fama de sus personajes y solo les falta darse la vuelta y guiñar un ojo. Los hermanos Duffer hubieran escrito mejores personajes si hubiesen pensado en la trama y en los arcos de evolución, y no tanto en el público que tanto «disfruta» de un fenómeno.
¿Estamos siendo demasiado severos con Stranger Things o fue la propia serie la que se rebajó voluntariamente a juguete veraniego? La serie sigue siendo entretenida, pero también es evidente que ha sacrificado demasiado por el camino.
Demasiadas subtramas para poca historia
La estructura vuelve a fragmentarse en múltiples arcos narrativos que intentan converger al final… sin demasiado éxito, porque la fórmula suena a demasiado vista. La trama de Nancy y Jonathan deriva en un conflicto reiterativo y poco estimulante, hasta el punto de convertir a Jonathan en una sombra del outsider empático que conocimos. Billy y el ejército del Azotamentes quieren evocar El ladrón de cuerpos, pero la amenaza nunca alcanza el peso de anteriores peligros interdimensionales, pese al intento tardío de dotar de profundidad a un personaje desaprovechado.
Por su parte, el grupo formado por Eleven, Mike, Max y Lucas evidencia lo peor del paso a la adolescencia, pero es Will (marginado y desplazado) quien aporta la emoción más honesta; la destrucción de la cabaña es, probablemente, la escena más lograda de la temporada, y lo es gracias a él.
Frente a esto, el arco de Steve, Dustin y Robin es el que mejor funciona: asumidamente lúdico, autoconsciente y eficaz como entretenimiento, aunque con Erica queda en la caricatura. Y hablando de caricaturas, Hopper, Joyce y Murray, por su parte, alternan bromas mientras olvidan peligros evidentes, convirtiendo la tensión en un recurso casi decorativo.
El resultado general es un conjunto de personajes cada vez más exagerados, caricaturescos, y menos humanos.
Una transición
Narrativamente, la temporada cuenta poco y se apoya en exceso en la promesa del final, donde sí aparecen pérdidas reales y cambios importantes: la separación del grupo, la derrota emocional y física de Eleven, la madurez forzada. Todo eso resulta mucho más relevante que los problemas sentimentales de sobremesa o los rusos de cartón piedra que amenazan Hawkins.
Da la impresión de que los hermanos Duffer han reaccionado más a las quejas del fandom (especialmente contra episodios como The Lost Sister) que a la coherencia interna del relato. La lógica se resiente cuando Eleven ignora la existencia de su hermana o cuando las agencias gubernamentales desaparecen convenientemente tras años de experimentos. El humor constante y el tono paródico, tan celebrados en forma de memes y gifs, terminan por erosionar la credibilidad y diluir cualquier atisbo de suspense.
Stranger Things ya no utiliza los ochenta para contar una historia, sino que los reproduce como un collage automático, como una lista de reproducción que se activa escena tras escena sin verdadero sentido dramático. El retrato maniqueo, ridículo y grotesco de la Unión Soviética, la subtrama inicial de Billy reducida a objeto de burla y deseo, o los clímax neutralizados por chistes previsibles son síntomas de una serie más preocupada por gustar que por narrar.
Al final, esta tercera temporada funciona como el propio verano: una transición. Deja abiertas muchas puertas y plantea una disyuntiva clara para el futuro: insistir en la autoparodia y el homenaje vacío o regresar al equilibrio, la atmósfera y la emoción genuina de las dos primeras temporadas, porque, en el fondo, Stranger Things siempre ha tratado sobre la pérdida. Y quizá ahora la pérdida más evidente sea la de su identidad.



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