Nos hemos impuesto que solo podemos hablar de películas, libros, cómics... modernos y que en dos semanas quedan relegados al olvido. Nos hemos vuelto esclavos del SEO y de un posicionamiento artificial que hace que el Internet esté muerto. Nos hemos vuelto en carne de algoritmo y pilas humanas para el Matrix de la IA. Claro, como creador de contenido quieres que la gente disfrute de lo que haces, lo comparte, lo comente..., pero ¿y si te dijera que esto no va de contenido, sino sobre arte? ¿Qué nos queda? Rebelarnos y hablar de obras que merecen ser reivindicadas, como Ugetsu monogatari, conocida en español como Los cuentos de la luna pálida.
Este clásico indiscutible del cine japonés fue dirigido por Kenji Mizoguchi en 1953 y es una de esas obras que todo aficiónalo al fantástico en particular y al buen cine en general debería ver alguna vez en su vida. Para muchos de nosotros, es una obra maestra que se sostiene no solo por su narrativa visual impecable, sino también por su inquietante exploración de temas como la ambición, la pérdida y la fragilidad humana frente a lo sobrenatural, a partir de los mitos y las leyendas japonesas.
Cuando debamos morir
Basada en la colección homónima de cuentos publicada en 1776 por Ueda Akinari (y a la que se añade una vaga inspiración en el cuento Decoré! de Guy de Maupassant), la película nos sitúa en un Japón feudal desgarrado por guerras civiles. Dos campesinos, Genjūrō y Tobei, impulsados por sueños demasiado grandes para su condición (ser rico y ser samurái respectivamente), deciden buscar fortuna en la despiadada capital, donde las oportunidades y las desgracias se mezclan.
A partir de su aparente sencillez, la trama se desarrolla magistralmente en dos historias paralelas: una centrada en Genjūrō, el alfarero seducido por la riqueza y por la enigmática Lady Wasaka, una figura espectral que encarna lo fantástico de forma sutil, realista y profundamente inquietante; la otra, menos potente, gira en torno a Tobei, quien ambiciona convertirse en samurái, y su esposa Ohama, forzada a la prostitución por el abandono de su marido. A partir de ambas historias, Mizoguchi aprovecha para hacer una reflexión sobre el ser humano, el karma y el destino.
Hay películas que adoro por cómo son puertas a otra realidad, a otras épocas. Esto me ocurre con esta historia. La película, enriquecida por la música evocadora de Fumio Hayasaka y el talento interpretativo de actores como Masayuki Mori, Machiko Kyō y Kinuyo Tanaka, te lleva hasta el antiguo Japón sobre el que escribieron autores como Lafcadio Hearn, Algernon Freeman-Mitford, Yanagita Kunio, etc. Es, en definitiva, una obra atemporal que merece ser redescubierta una y otra vez por aquellos que buscan en el cine un espejo inquietante de nuestras más profundas aspiraciones y temores.
La advertencia del yūrei
En Los cuentos de la luna pálida, Mizoguchi no busca efectismos visuales ni trucos grandilocuentes para presentar lo sobrenatural del fantasma japonés o yūrei. Deudora del teatro kabuki donde destacaron los yūrei, es precisamente el realismo con el que se desenvuelve lo fantástico lo que otorga al film su capacidad de perturbar al espectador, evocando clásicos literarios japoneses como La reconciliación de Lafcadio Hearn. Como dijo el director:
«Quisiera hacer una película irreal. El arte no es la mera imitación de la realidad. El decorado de una película debe inspirar a los actores la psicología, la atmósfera, el marco de sus vidas».
Este tratamiento tan sobrio (pero eficaz), sumado a los magistrales movimientos de cámara y la impecable fotografía en blanco y negro de Kazuo Miyagawa, dan fuerza a la atmósfera inquietante y mágica, logrando una fábula donde los límites entre lo mundano y lo sobrenatural se difuminan (como en los mejores cuentos japoneses).
Sobre si al final es o no real la parte fantástica, recordemos el desenlace del maravilloso relato de Lafcadio Hearn titulado: Botan doro, en el cual el narrador (un trasunto de Hearn) visita una tumba creyendo que es la de la protagonista de la historia sobrenatural que ha relatado y, aunque el cuidador del cementerio así lo afirma, descubre que no es así:
“Now,” my friend protested, “you are unjust to the, woman! You came here because you wanted a sensation; and she tried her very best to please you. You did not suppose that ghost-story was true, did you?”-Lafcadio Hearn.
Moralejas fantasmales
De este modo, más allá de una duda digna de Una vuelta de tuerca de Henry James (novela corta que añade la duda a todo lo «sobrenatural» que describe su desequilibrada narradora), otra vez nos encontramos con el terror como género supuestamente transgresor, pero que, en el fondo, nos habla de los peligros de lo extraño y lo insólito. Mediante un cuento de terror, se nos advierte de nuestro fatal destino y de las decisiones que podamos tomar. Y esto ocurre una vez más en la película de Mizoguchi.
Sin embargo, es inevitable notar que la otra trama, la del samurái y su esposa, queda ligeramente eclipsada en comparación con la complejidad emocional y el simbolismo que rodea a la historia de Genjūrō. Por un lado, tenemos la destrucción de una familia y el amor de una madre; por otro, una trama que nos advierte de cómo queriéndolo todo, podemos perder aquello que tenemos. Lástima que a esta parte del aspirante a samurái le falte esa fuerza que sí tiene la historia del alfarero. Este desequilibrio narrativo, no obstante, no desmerece la experiencia global del film, que sigue siendo una profunda reflexión sobre la ambición desmedida y sus inevitables consecuencias trágicas.
El legado
Galardonada con el León de Plata en el Festival Internacional de Cine de Venecia de 1953, Los cuentos de la luna pálida sigue siendo un imprescindible que explora, con una elegancia cinematográfica rara vez vista, el corazón humano y sus oscuras contradicciones. Hoy, tantos años después de su estreno, seguimos conmoviéndonos ante su durísimo final, en el que el amor de una madre brilla por encima de la muerte y se enraíza con todas las damas fantasmales de los cuentos clásicos japoneses.
Si uno es de esos que se queda en las reseñas de ciertas webs que viven del clickbait (sí, esa misma que estás pensando) o en lo que está de moda en redes, seguramente se pierdan esta película que, como las buenas obras de arte, no tiene por qué quedar relegada a simples «me gusta» o algoritmos. Esto no va sobre contenido, como dije, va sobre arte.
«Nos encontramos en el corazón mismo del misterio, puesto que lo imaginario se alimenta de realidad y no hay cuento de hadas donde las hadas no sean también amantes»-André Bazin.





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