24 de febrero de 2026

Crítica de TMNT: El último ronin, el regreso de las tortugas ninja

 


 “Hay personas, criaturas, maestros, guerreros, héroes y leyendas. Tu padre, el maestro Splinter, era todo eso”.

Todo es un ciclo y lo que empezó siendo un homenaje a la obra de Frank Miller con Daredevil, acaba con otro homenaje, pero al Batman del mismo autor en El regreso del Caballero Oscuro. De eso va la historia de El último ronin. 

En el vasto panorama del cómic estadounidense, pocas franquicias han sufrido una metamorfosis tan radical como las Tortugas Ninja. Lo que nació como un cómic creado e impreso por unos colegas a los que se les ocurrió la idea mientras comían pizza, terminó convertida en un fenómeno infantil global. Es imposible que cualquier chaval de finales de los ‘80 o que naciese en los ‘90 no se criase con la serie de dibujos animados, las películas… 

Aunque los cómics tardaron en llegar a España, para muchos de nosotros, el ¡Cowabunga! se nos quedó grabado (aunque en una de las películas se tradujera como “¡De puta madre!”, porque… ya se sabe, los ‘90). Sin embargo, TMNT: El último ronin ('Teenage Mutant Ninja Turtles: The Last Ronin', Kevin Eastman, Peter Laird, Tom Waltz, 2020) llega para recordarnos que, tras el marketing y las pizzas, late el corazón de una tragedia samurái y para ello, tenemos el enésimo relato crepuscular sobre un héroe caído.

Historia crepuscular

La premisa de la obra nos sitúa en un futuro distópico donde el Clan del Pie ha triunfado. Nueva York es ahora una tecnocracia totalitaria bajo el mando de Oroku Hiroto, nieto de Shredder. En este escenario desolador, una única tortuga sobrevive. El misterio que envuelve la identidad del protagonista (quien utiliza las armas de sus tres hermanos caídos) es el motor que impulsa los primeros compases de la historia.

El guion, firmado por el creador original Kevin Eastman junto a Tom Waltz, es un homenaje a El regreso del Caballero Oscuro de Miller. Al mismo tiempo, logra capturar la esencia de la etapa fundacional, pero le añade una capa de madurez y melancolía. 

Como en otras historias del estilo, la historia toca cada una de las teclas predecibles: un héroe viejo y caído en desgracia que lo ha perdido todo, una vuelta a la batalla, un último ataque suicida, una joven sidekick que le ayuda… Podría ser El regreso del Caballero Oscuro, pero también El Viejo Logan, Ojo de Halcón, Rōnin, Sin Perdón… Por esa parte, no tenemos ninguna sorpresa, pero sí una historia disfrutable y bien contada (quizá si hubiera leído menos cómics me hubiera sorprendido más). 

Como chaval que se crió con la serie de dibujos de las Tortugas Ninja que daban en La 2 a mediodía en los ‘90, aguardaba que me tocase un poco mi corazoncito, pero… no ha sido el caso. Creo que el mejor segmento es el flashback donde se narra la muerte del maestro Splinter a manos de Oroku, un villano al que intentan darle cierta entidad pero que no pasa de ser el típico malo gritón que me recuerda al villano de la película de El Cuervo (Alex Proyas, 1994).

Figura basada en el protagonista del cómic. Fuente.

El problema del dibujo

Otro “pero” que le pongo, aparte de que vaya de más a menos, es cierta insinuación sobre la relación de nuestro protagonista, su sensei, y la hija de Casey Jones y April que no termina de convencerme. No entiendo si es un problema del dibujo o del guion, pero hay cierto flirteo en un momento que quiero creer que ha sido un error del dibujante, porque si lo es del guion, ya tenemos una escena demasiado turbia que tampoco aporta nada.

Y de lo anterior viene lo siguiente: si bien la historia es notable, el apartado artístico es, siendo honestos, el punto donde la obra muestra sus costuras. El dibujo es mejorable y presenta una irregularidad que empaña ligeramente la experiencia. Que sí, que viene del cómic «independiente», pero eso no debe significar «mal dibujado». 

El equipo artístico, compuesto por Isaac y Esau Escorza con intervenciones de Eastman y Ben Bishop, ofrece un trabajo con imprecisiones anatómicas, acabados desiguales y cuyo recurso más original es narrar algunos flashbacks con el estilo que tenía la serie en los ‘80. 

Afortunadamente, el color de Luis Antonio Delgado salva muchos de estos momentos, creando una atmósfera asfixiante y nocturna que ayuda a sumergirse en la narrativa, especialmente en los flashbacks que explican la caída de la familia.

Puedes imitar a Frank Miller, pero jamás serás Frank Miller.

¡Cowabunga!

El último ronin es una aventura final que, aunque no sorprende, entretiene. Además, cierra un ciclo de casi cuarenta años, a la vez que sirve de nuevo principio para futuras historias dentro de una de las franquicias más rentables que ha dado la industria del cómic independiente. Por eso, ha conseguido un gran éxito de crítica y público y Kevin Eastman intentó adaptarla a la gran pantalla, pero el proyecto parece haberse parado, ya que el público todavía considera a las tortugas como personajes infantiles a los que no se les puede dar ninguna dimensión más que el 3D y el humor para chavales.

En definitiva, es una lectura obligada para cualquiera que alguna vez haya gritado "¡Cowabunga!" y que ahora, con unos años de más, busca una historia que entienda que el tiempo pasa para todos, incluso para nuestras tortugas ninjas favoritas.


  • Puntuación: ⭐⭐/5

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