10 de febrero de 2026

X-Factor de Mark Russell o cómo convertir héroes en influencers (sin mucho éxito)



Siempre he tenido un cariño especial hacia X-Factor, probablemente porque fue una de las primeras series que seguí religiosamente cuando comencé mi andadura por el mundo del cómic (2007 o 2008). Aún recuerdo con nostalgia aquella agencia noir escrita por Peter David y dibujada por artistas notables como Leonard Kirk o Emmanuella Lupachino, una serie con ingenio (¡esos cliffhangers!), personajes carismáticos (Madrox, Layla...) y suficientes giros como para engancharme desde el primer número (¡el destino del bebé de Syrin!). 

Poco importó descubrir después que aquella genialidad era un revival de la serie original de X-Factor, también de Peter David (al menos durante un tiempo), en la que los X-Men originales volvían para trabajar bajo las órdenes del Gobierno de Estados Unidos. Nunca una serie con nombre de reality musical llegó tan lejos... Pero nostalgia (y bromas) aparte, lo que hoy tenemos entre manos es el relanzamiento reciente de X-Factor a cargo del afamado Mark Russell, y lamentablemente no alcanza ni de lejos el nivel esperado.

Superhéroes e influencers

La premisa básica de esta nueva etapa se basa en convertir a los mutantes protagonistas en influencers, una idea que podría resultar divertida y original si no fuese porque ya se había intentado antes con equipos como los Jóvenes Guerreros. En una época donde series como The Boys han arrastrado a los superhéroes por los terrenos más deleznables de nuestra realidad, esto no resulta ni siquiera llamativo. 

Mark Russell intenta aportar sátira y humor, marcas de la casa que tanto éxito tuvieron en su aclamada versión de Los Picapiedra, pero aquí queda reducido a una sombra de su mejor trabajo. Y es que la fórmula, lejos de resultar fresca, termina por sentirse repetitiva y superficial, como un chiste contado demasiadas veces. Además, cada vez más, tengo la impresión de que Russell se burla del cómic de superhéroes y lo peor: lo hace sin demasiada brillantez.

Respecto al dibujo de Bob Quinn, es tan estándar y genérico como cabría esperar en cualquier serie actual de superhéroes de Marvel. Aunque técnicamente correcto (casi siempre), carece de personalidad propia y resulta incluso confuso en algunas escenas clave. Da la impresión de que dibujante y guionista nunca llegaron realmente a entenderse, generando una sensación incómoda de desajuste que permea en cada viñeta. 

Recordemos el valor del guionista y del dibujante a la hora de crear un buen cómic o, mejor, que lo recuerde Marvel.

¡Oh, muchas gracias por perdonarnos la vida, Panini!

Conclusiones

Por si fuera poco, el editor Julián Clemente tiene la audacia de sugerirnos en el epílogo que esta obra está a la altura del mejor Mark Russell, es decir, Los Picapiedra, pero se equivoca terriblemente. X-Factor no pasa de ser un cómic corriente, un intento fallido de hacer que unos personajes sean modernos e ingeniosos a costa de repetir fórmulas gastadas. Ni siquiera la inclusión de personajes como Ángel, Kaos o Pyros logra levantar el nivel, y la presencia de una abuela inmortal en el equipo, lejos de añadir encanto, resulta más bien anecdótica. Por ejemplo, el giro final del primer número, el supuesto gancho que debería convencernos para seguir la serie, es algo tan previsible y visto que se podría enseñar como ejemplo en las clases de narrativa básica. 

Así que, entre escenas típicas (el enésimo enfrentamiento a un clon de Elon Musk y cía), humor cuestionable (las coñas con los grupos de presión en contra de lo ocurrido en Krakoa) y sátiras flojas (poco aporta el destino de Ángel o el «mánager» del grupo), la serie ya está cancelada en Estados Unidos, lo cual debería ser suficiente advertencia para futuros lectores incautos. Panini, por supuesto, aprovechó la situación dividiendo la serie en dos tomos y promocionándola con un precio “asequible” (nótese el sarcasmo) en tiempos en los que cualquier cómic parece tener el precio de un objeto de coleccionista.

En definitiva, menos mal que todavía nos queda la brillante etapa antigua de X-Factor escrita por Peter David, donde al menos los mutantes parecían héroes reales y no adolescentes desesperados por likes en Instagram.



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