No dejes de escribir

Recupero esta columna de El Juntaletras contra el Mundo que hice hace mucho tiempo. Junto a la corrección de rigor, he intentado actualizar la fecha de mi "juntaletras no more", pero el contenido es lo que debe ser: un homenaje a Ray Bradbury, sus reflexiones, la verdadera meta del escritor y el deseo inspirador de seguir escribiendo. Seamos sinceros, Bradbury siempre merece un homenaje, aquí va el mío...

No dejes de escribir. Nunca te detengas. Te cuento aquí por qué. Fuente.

Ray Bradbury decía en su ensayo El zen en el arte de escribir que existen dos tipos de escritores mentirosos. Si bien todos los juntaletras contamos mentiras con el deseo de que sean tan conmovedoras como reales, otros tienen un comportamiento claramente falso: 
 «El mentiroso de vanguardia piensa que será recordado por una mentira pedante. A la vez el mentiroso comercial, en su nivel, piensa que si él se tuerce, es porque el mundo está inclinado; ¡todo el mundo camina así!». 

Temo que, a veces, en el pasado, cedí a una de estas dos vertientes, pero si me di cuenta y he huido, creo que es un logro (o, al menos, un consuelo). Si reconoces tu pecado, a lo mejor algún dios te perdona.

Pienso que en muchas ocasiones he intentado más trabajar pensando en los falsos objetivos que en lo que hacía para ganármelos. Podemos pensar que la gloria o el dinero son la meta, pero realmente no es así. El fin del camino es cuando escribimos algo que le guste a alguien. Y ojalá le guste a muchos y llegue lo más lejos posible, porque si te conformas ganando dinero o ganándote el favor de un grupo de snobs, dándote igual si tu novela o relato es un bodrio o una joya, algo va mal. No creo que seas escritor. 
 «¿Cuál es la mayor recompensa para un escritor? ¿No es que un día alguien se le abalance, con la cara estallando de franqueza y los ojos ardientes de admiración y exclame: “¡Su último cuento era buenísimo realmente maravilloso!”? Entonces sí vale la pena escribir, solo entonces. De golpe las pomposidades de los intelectuales desvaídos se desvanecen en el polvo. De pronto, los agradables billetes obtenidos de revistas gordas de publicidad pierden toda la importancia». 
¿No os parece que Bradbury es una de las personas más motivadoras que existe? ¿No os da ganas de coger e ir corriendo a la página en blanco para teclear nuevas historias que nazcan de uno mismo? Solo por eso, todos los escritores jóvenes que nos dedicamos al género fantástico deberíamos apreciar a Ray Bradbury y su obra. No podemos dejarnos llevar por un mal vendaval. Por el camino no podemos olvidarnos de que nos guste a nosotros, que seamos sinceros. No tenemos que escribir las obras que pide el mercado, debemos escribir las obras que realmente nos gusten. Cortas o largas, sobre monstruos o sobre nuestra realidad, tristes o alegres… Escribir debería ser un arte puro guiado por el sentimiento de creatividad y el goce de escribir y leer. Marketing y demás vendrán después, no cuando hacemos un acto tan puro como escribir. Nunca deberíamos ceder a lo que quiera el mercado o a lo que quiera un grupito de escritores que piensan que masturbar su ego es lo mejor que se puede hacer. Escribimos para nosotros y los demás, pero los demás que valen la pena. 

Bradbury estaba en lo cierto, no tenemos que ser meros escritores comerciales ni meros intelectualoides que imitan a viejos clásicos a través de frases e historias que en realidad no dicen nada, que escriben para satisfacer su estatus como escritores de tal o cual generación. Leo a mucha gente que ama a Borges y desprecia a Bradbury, quizás porque ni siquiera saben que Borges apreciaba a Bradbury (basta con leer el prefacio que hizo Borges de Crónicas marcianas). Todo este tema de las camarillas también lo tocó el autor de Fahrenheit 451
“Se habla mucho de los que se someten al mercado, pero no lo suficiente de los que se someten a las camarillas”. 
Ahí está una de las claves.
Pero no quiero que este texto vaya solo sobre lo que vendrá después: el éxito o el fracaso, huir o unirse a grupillos. No, este texto quiero que también sea un homenaje a Ray Bradbury, a su incansable optimismo y calidad como escritor, y también una forma de recordar que tengo que escribir incluso cuando parezca que no sirve para nada. Porque sí, ya fuera por a o por b, hace dos años pensé en dejar de escribir. ¿Por qué? Es difícil responderlo y, cuando lo he intentado, no creo que los demás lleguen a comprender esa sensación amarga de no saber por qué se teclea algo. No parezco que llegue a ningún lado y siento que todo lo que hago es puramente mediocre, que no vale la pena. Por eso, dejé de escribir en pleno acto de frustración. Hace un mes. Hasta que esta semana no terminé de leer El zen en al arte de escribir no me di cuenta de la barbaridad que había realizado, el tiempo que he perdido y el retroceso que he dado. Siempre he pensado que prefiero ser alguien optimista, pensar que todo mejorará pase lo que pase… pero, a veces, el otro lado te vence (ese que te dice que nunca llegarás a nada). Y necesitas ayuda. Por suerte, cuentas con gente como Bradbury que te ayuda a que esos sueños no se queden en eso y se hagan realidad. 
Hay que trabajar, esforzarse. Bradbury propone que hagamos un cuento cada semana durante cinco años hasta aprender casi una especie de mecánica para el ingenio. Suma a esto lo que decía Stephen King de leer cuatro horas y escribir otras cuatro (entre otras cosas realmente importantes que dice en Mientras escribo). Consejos que he intentado tomar a rajatabla. 
Hace unos años, un servidor lo hacía diariamente: relato y microrrelato. Recuerdo lo que costaba, pero… al final, encontré el camino. Era casi automático. Ir en aquel autobús a la facultad me daba ideas, estar en clase, salir con amigos, pensar en un juego de palabras… 
 «Por eso no deberíamos desdeñar el trabajo ni desdeñar los cuarenta y cinco o cincuenta y dos cuentos escritos en nuestro primer año de fracasos. Fracasar es rendirse. Pero uno está en medio de un proceso móvil. Entonces no hay nada que fracase. Todo continúa. Se ha hecho el trabajo. Si está bien, uno aprende. Si está mal, aprende todavía más. El único fracaso es detenerse. No trabajar es apagarse, endurecerse, ponerse nervioso; no trabajar daña el proceso creativo». 
Ahora, ¿se entiende por qué me gusta tanto Ray Bradbury? No solo es uno de los mejores escritores que he leído en cuanto a ficción, sino también como ensayista. Todo este aprecio que siento por Bradbury se podría resumir brevemente en una anécdota que tengo con él aunque nunca lo conocí en persona (por desgracia): suelo doblar las esquinas de las páginas que contienen frases que me gustan en los libros. Con el bueno de Bradbury tuve que parar: había demasiadas frases buenas por página y el libro empezaba a parecerse peligrosamente a un acordeón. 
Gracias, Ray. Saluda a Marte por nosotros. 

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