Después de que problemas varios y las redes sociales hayan minado mi capacidad para la atención, me he propuesto volver a la lectura y a la escucha de libros con más asiduidad. Por eso, retorné a Audible y me puse a escuchar El foso de los olvidados de Antonio Runa tras las buenas críticas que había escuchado, visto y leído en Internet. Más allá de mi opinión, al menos este título me ha servido para aplicarme disciplina y avanzar con él a lo largo de estas últimas semanas del curso.
En España tenemos mucho prejuicio hacia lo que nosotros mismos creamos. Para ser el país donde hemos tenido a genios como Miguel de Cervantes, Francisco de Goya, Gustavo Adolfo Bécquer, Rosalía de Castro, Emilia Pardo Bazán, Miguel de Unamuno, Pablo Picasso o Federico García Lorca, solemos rehuir todo lo que provenga de nuestras tierras. Y eso afecta también al género fantástico donde, a menudo, caemos bajo el influjo de lo que escriben los anglosajones. Si bien es irrefutable que los hijos de Albión tienen una larga tradición en el fantástico desde las leyendas medievales (mientras que obras como El Cid se prefería el “realismo”), también deberíamos pensar que en España aportaríamos mucho más al género si recordásemos a ciertos pícaros buscavidas o cierto hidalgo de un lugar de cuyo nombre no quiero acordarme. Tenemos una lengua y una literatura potentes, ¿por qué limitarnos a imitar?
Si nos centramos en obras de fantasía escritas en nuestro país en los últimos años, podemos destacar El arcano y el jilguero y toda la obra de Ferrán Varela, que supera con creces a los últimos trabajos escritos por Joe Abercrombie o el supuesto rey de la fantasía, Brandon Sanderson. Lo que pasa es que Varela no tiene sus campañas de marketing y sigue trabajando como abogado. Así que a la espera de que el escritor catalán saque nuevo título, tenemos El foso de los olvidados que, aunque carece de la lírica de Varela y opta por pasajes ya conocidos, al menos recuerda que la llama del fantástico sigue viva en nuestras tierras.
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| El trabajo del narrador Álex Moreno es más que loable. De esos locutores que te gustan tanto que ya tienes que escuchar otros libros a los que haya prestado voz. |
El grimdark de Runa
Antonio Runa es conocido por ser el director del pódcast La órbita de Endor, uno de los más exitosos de habla hispana. Pese a que en muchas ocasiones no esté de acuerdo con ellos (como cuando destacaron más el aspecto físico de Alexandra Daddario en True Detective que su papel en la serie), es imposible no haberle escuchado a él y a sus colaboradores en alguna ocasión si eres aficionado al fantástico y al mundo de las ondas. Antaño, publicó en revistas que investigaban el mundo de los desconocido (ok) y escribió para Minotauro varias novelas de terror y misterio, como La chica gris. Más allá de esto, El foso de los olvidados fue su primera incursión como autor de fantasía épica.
En las entrevistas, Runa comentaba la influencia de J. R. R. Tolkien, pero, sobre todo, el lector, al leer sus páginas, percibe la de Canción de Hielo y Fuego, la célebre saga de George R. R. Martin, y sucedáneos como La Primera Ley de Joe Abercrombie. De ahí parte El foso de los olvidados, una historia con reminiscencias de grimdark, donde dos imperios Asgahlen y Pelethlion (se nota la huella de Tolkien en los nombres) sobreviven al borde del fin de una paz que quizá haya durado demasiado.
El mayor problema es que, una vez leído El foso de los olvidados, he recordado que Martin, más allá de brillar con sus intrigas, donde brillaba era con el aire apocalíptico de su obra y el corazón de sus personajes. Es como aquella época donde los guionistas de cómics pensaron que lo bueno de Watchmen era su violencia o su oscuridad y convirtieron a los superhéroes en lunáticos. Lo mismo ha ocurrido con la fantasía reciente y El foso de los olvidados peca de eso.
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| Portada del libro, con una magnífica ilustración de Breo Álvarez. |
El problema de la guerra
La premisa de El foso de los olvidados es interesante: dos imperios han estado durante siglos en guerra y se han apoderado entre los dos de todo el mapa del continente de Angweron. Los futuros herederos, Deiavon Duildorian, por parte de Asgahlen, y Findros, por parte de Pelethlion, deciden, contra pronóstico, mantener la tregua y favorecer la paz. Sin embargo, la gente necesita la guerra, ya sea por sus bajas pasiones o para mantener un sistema económico y político que encuentra en el conflicto a su mayor aliado. El problema está cuando ambos herederos deban enfrentarse a problemas internos: cultos religiosos suicidas, la llegada de exploradores, la idea de extenderse más allá del continente, triaciones nobiliarias… Esto hace que la obra indague en la idea de que el hombre es un lobo para el hombre, por si alguien tenía alguna duda.
De ahí, tenemos varios hilos en la trama que profundizan en los dos imperios que recorren el filo de la navaja para intentar que la larga paz se mantenga cuando todos quieren matarse y que me ha recordado a las tramas telenovelescas de traiciones típicas de Juego de Tronos y que quizá me ha interesado menos porque ahora mismo ya tengo suficiente con el mundo real. Me he acordado de aquellas páginas de 1984 donde Orwell reflexionaba sobre un sistema tan viciado que necesitaba sí o sí del conflicto para sobrevivir: no importa que muchos mueran, mientras la siniestra maquinaria de la guerra siga engrasándose con sangre. Y acaso, ¿no es lo que pasa en nuestro mundo?
Más allá de esto, está lo que ya se ha dicho en otras reseñas: la trama de Benterios, un arcanópata (un hechicero) catalogado como el Neutralísimo (je je) ha sido mi favorita por cómo indaga en la idea del brujo manipulador (al estilo Gandalf o Merlín) y por su rol en la obra, aparte de descubrirnos todo lo que tiene que ver con la magia como ciencia o como poesía. Mientras el resto del mundo busca cómo destruirse, ya ha surgido la Calígine, una amenaza proveniente de otro plano de la realidad que está mutando a todo tipo de seres con tal de devorar la magia. En ese punto, he recordado al bueno de Geralt de Rivia cazando monstruos, aunque los juegos espacio temporales y la relación con su “pupila”, que podría evocarnos en un primer instante al tropo del viejo guerrero que vuelve a las armas por su “hija” (al estilo Logan), no me ha hecho tanta gracia, sobre todo por quién es realmente la muchacha y las alusiones eróticofestivas que hay.
Alejándonos del argumento, la historia está narrada de un modo ágil, con un buen punto de partida y personajes interesantes, y un uso de un lenguaje que, sin ser deslumbrante, casi siempre encaja con el mundo que explora. No obstante, las escenas sexuales me sobran (bastante…), porque rozan la película x de marras o las escenas subidas de tono de las primeras temporadas de Juego de Tronos, y hay instantes donde la trama se mueve en lo ya conocido que me hace pensar que es un libro que se cree adulto por tener grimdark, cuando en realidad, hay obras muy alejadas de dicho subgénero, que resultan más maduras, como podría ser Un mago de Terramar de Ursula K. Le Guin. Ser adulto no consiste en sangre, palabrotas, violencia y crueldad; que una obra sea adulta tiene que ver con la densidad con la que explora la naturaleza humana.
Para arreglar el desaguisado, Antonio Runa opta en sus últimos compases por una magia desatada que podría recordar al deus ex machina. Aparecen argucias espaciotemporales, relaciones dudosas entre Benterios y su mujer/hija, promesas de una segunda parte centrada en nuevos juegos de tronos y escenas sexuales que, una vez más, sobran. Si uno se encoge de hombros y sigue leyendo, pues podrá pasar por encima, mientras no le dé muchas vueltas a algo que, si lo piensa, lo más seguro es que se rompa.
El fantástico en España
Como también he escuchado por ahí, si este libro lo firmase Anthony Rune, seguramente habría vendido mucho más y ya tendría anunciada una secuela, y es que poco tiene que envidiar a la mayoría de novelas de fantasía anglosajonas que nos llegan últimamente (esto también dice bastante de cómo se haya el género moderno). Sin embargo, pese a sus defectos, El foso de los olvidados posee los suficientes puntos buenos para destacar dentro del panorama como una trama entretenida, rebosante de acción e intrigas y con algunos buenos personajes. Por ejemplo, como El Imperio del Vampiro de Jay Kristoff (aunque sin llegar a su fuerza), El foso de los olvidados aglutina varias influencias del fantástico e incluso de videojuegos y juegos de mesa de gestión de reinos; eso está bien, aunque el lector pueda ir siguiendo de dónde surge cada una de sus hebras. No aporta nada nuevo, pero es un mosaico llamativo.
Actualmente, no tiene segunda parte anunciada, aunque no nos extrañaría, ya que el propio Antonio Runa ha reconocido que le gustaría continuar la historia si Minotauro lo permite. Sabiendo que recientemente la editorial ha publicado su novela sobre superhéroes al estilo The Boys, no nos extrañaría que contásemos con alguna nueva historia del continente de Angwelon o lejos de sus fronteras. Solo esperamos que su obsesión por el grimdark pase y se pueda profundizar en otros hilos de la trama sin ese deseo, a voces, de parecer más adulta de lo que realmente es.
- Puntuación: ⭐⭐⭐/5





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