Christopher Nolan llevaba preparando su propia versión de La Odisea desde comienzos de los 2000, aunque ni él mismo lo supiera. El origen del proyecto se remonta a la época en la que le propusieron dirigir una adaptación de La Ilíada. El director comenzó a imaginar cómo retrataría el poema homérico, pero finalmente la productora entregó el proyecto a Wolfgang Petersen (quien dirigiría Troya) y a él le ofrecieron Batman Begins.
Desde entonces, Nolan no ha dejado de hablar de héroes traumatizados que anhelan volver a casa (Inception), de relatos fragmentados (Dunkerque), de la condena de nuestros propios actos (Oppenheimer) o del sacrificio necesario para salvar a los demás (su Batman). Por eso, que haya regresado a Homero veintiséis años después no supone una sorpresa, sino la confirmación de un deseo largamente acariciado: contar una historia más grande que la vida misma. Y, para ello, ha optado por la continuación de La Ilíada: La Odisea. La pregunta es inevitable: ¿ha conseguido cumplir su sueño?
El trauma de la guerra
Hay una dicotomía un tanto extraña en La Odisea. Por un lado, pretende ser grandiosa; por otro, intimista. Se vende como una superproducción, pero después presenta una Troya de dimensiones reducidas o una Ítaca que parece un castillo del siglo XV. Es como si Nolan persiguiese cierto «realismo», aunque luego sus personajes hablen como ingleses actuales (ese mum, dad...) o el vestuario abrace una estética plenamente fantástica (Darth Agamenón resulta interesante como concepto, pero cuando la cámara se aleja parece un cosplay de bajo presupuesto). Ya puestos a incluir cíclopes, hechiceras y otros monstruos, habría sido preferible apostar sin complejos por una imaginería fantástica más ambiciosa.
Más allá de las polémicas, lo que más lamento de esta adaptación de La Odisea dirigida por Christopher Nolan es que, lejos de sentirse como una película, parece un tráiler de tres horas. Si alguien, fruto de haberse frito el cerebro en TikTok, me dice que se aburre con ella, seré incapaz de entenderlo. ¿Cómo te aburres ante una película que te bombardea con planos que apenas duran dos o tres segundos de media? Y, aun así, pese a intentarlo con una música omnipresente, una voz en off constante y otros recursos destinados a mantener el ritmo, la sensación que deja es la contraria: a Nolan le hace falta detenerse, respirar y permitirse ser más contemplativo en determinados momentos.
Y, sin embargo, La Odisea hace algo arriesgado que me ha parecido lo más interesante de la propuesta. No hablo de los tan comentados juegos temporales (deudores, en realidad, del propio poema, algo que convendría recordar a más de uno), sino de cómo el viaje acaba retratándose como la manifestación de los traumas de un veterano de guerra. En los últimos compases asistimos al asalto de Troya y vemos flechas, incendios, violaciones, anarquía y crueldad. Todos esos horrores encuentran su eco en episodios posteriores, desde la brutalidad con la que destruyen a Polifemo hasta el enfrentamiento con Circe. Entonces entendemos por qué Atenea es la única que permanece junto a Odiseo: no acompaña solo a un héroe, sino a un hombre incapaz de escapar de aquello que vivió. ¿Puede volver a casa alguien que ha muerto lejos de ella? Es, probablemente, la mejor idea de toda la película.
Más allá de las polémicas
Respecto al reparto, se ha dicho de todo. Hay quien critica que sea multiétnico y que aparezcan tripulantes asiáticos o de ascendencia india. Curiosamente, nadie parece escandalizarse por la presencia de Polifemo o de toda clase de monstruos en una historia que, aunque algunos insistan en leer como histórica, no deja de ser un poema fantástico. También cabría preguntarse por qué se cuestiona siempre esto y no, por ejemplo, que buena parte del reparto sea estadounidense. Al final, ¿estamos viendo una obra de ficción o un documental? En definitiva, el verdadero problema de las redes sociales es que han dado voz a más gente de la que deberían.
También ha habido polémica por contar con un actor trans como Elliot Page o con Lupita Nyong'o interpretando a Helena de Troya y a su hermana gemela. Sinceramente, son cuestiones que acaban siendo irrelevantes. Quizá lo más grave sea que parte del rodaje se haya realizado en territorio ocupado del pueblo saharaui, pero eso genera muchos menos titulares que las habituales acusaciones de que «todo es woke».
De todos estos añadidos, el más curioso me parece la presencia del rapero Travis Scott interpretando a... ¿un bardo? Así figura en los créditos, aunque quizá Nolan debería haber repasado la diferencia entre un bardo y un aedo.
El reparto está lleno de estrellas y todos cumplen, aunque algunos apenas tengan unos minutos en pantalla, como Mia Goth o Samantha Morton. Destacan especialmente Matt Damon, Anne Hathaway, John Leguizamo y Robert Pattinson. Tom Holland y Zendaya interpretan a Telémaco y Atenea, respectivamente, pero cuesta no esperar que aparezcan Spider-Man y MJ. Otros actores parecen estar ahí únicamente para saludar y hacen lo que pueden con el primer guion que ha firmado Nolan en solitario.
Música y estruendo
En cuanto a la música de Ludwig Göransson (The Mandalorian), resulta interesante que, siguiendo la senda abierta por su maestro Hans Zimmer, haya buscado instrumentos inspirados en la época y se haya alejado de la gran orquesta sinfónica. Desgraciadamente, la banda sonora no deja ningún tema realmente memorable y algunos experimentos sonoros resultan, cuanto menos, extraños. Si a eso se suma un diseño de sonido empeñado en dejarte sordo, tenemos otro de los excesos habituales del cine nolánico.
En cuanto a los efectos especiales, ofrecen luces y sombras. Es admirable el uso de efectos prácticos para dar vida a criaturas como Polifemo y se agradece el homenaje a Ray Harryhausen. Sin embargo, pocas secuencias sorprenden realmente, más allá de hacer imaginar cómo sería una buena adaptación de Shingeki no Kyojin (una de verdad, no el fallido live action). Por ejemplo, el ataque de los lestrigones resulta tan artificial que apenas genera tensión, mientras que la transformación en cerdos apuesta por un body horror mucho más sugerente. También me decepcionó el descenso al Hades. Me habría gustado que Nolan se atreviese a experimentar más visualmente y no sintiera la necesidad de acelerar constantemente el relato.
Y hablando de Nolan, las batallas confirman que al director sigue costándole rodar escenas de acción. Ya ocurría en El Caballero Oscuro, una de sus mejores películas, y vuelve a suceder aquí. Basta ver el combate final, que por momentos roza incluso la comedia involuntaria.
También se ha hablado mucho del formato IMAX de 70 mm y de toda la parafernalia que lo rodea. En España, no puede verse en ese formato: hay que elegir entre IMAX o 70 mm. La única alternativa cercana es viajar a Francia. ¿Es un capricho de Nolan o el deseo de convertir su versión de un mito en una experiencia más grande que la propia vida? Que cada uno decida.
La Odisea de Christopher Nolan es exactamente eso: la Odisea de Christopher Nolan. Una reinterpretación nolánica que, por muy ambiciosa que sea, nunca pretende ni consigue sustituir la grandeza del poema homérico.
- Puntuación: ⭐⭐⭐/5



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