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| Hoy toca hablar de La Odisea, tras la relectura que hice a comienzos de este verano. / Banner a partir de la pintura de John William Waterhouse. |
El regreso a Ítaca
Aunque como la mayoría de las obras clásicas todavía hay debate, se cree que La Odisea se compuso en el siglo VIII a.C., por Homero (si es que Homero existió tal y como creemos). Durante mucho tiempo, la obra se transmitió mediante cantos hasta que fue puesta en papel, lo que consiguió que llegase hasta nuestra época. Por el camino, ha influido a todo el género de aventuras y al fantástico, siendo un retrato de la Antigua Grecia y una obra a la que volvemos cuando todo se pone en nuestra contra. Recordemos algo en lo que siempre insisto: las grandes obras permanecen porque todavía nos dicen algo, porque sus sentimientos y su grandeza son universales y siempre están vigentes. No es de extrañar que volvamos a ellas en tiempos de crisis como los que vivimos.
Después de los sucesos narrados en La Ilíada y en el ciclo troyano (que aporta muchos elementos que hoy asumimos que ya estaban en la ya citada obra... y no es así), Odiseo, gracias al cual cayó Troya, ofende a Poseidón y el dios de los mares decide vengarse retrasando con terribles males el retorno del astuto héroe a su patria. Monstruos marinos, vientos terribles, lotófagos, cíclopes... De todo espera al bueno de Odiseo y sus compañeros (que no sé si les convenía acompañar a un héroe).
A partir de ahí, se nos narra, por un lado, cómo Odiseo escapa de la diosa Circe, quien se ha enamorado de él, y busca regresar tras terribles aventuras, mientras que, en Ítaca, su esposa Penélope hace frente a sus pretendientes, y su hijo Telémaco emprende la búsqueda de su progenitor. La Odisea, pese a ser un poema épico, posee también la humanidad de un drama familiar. Y es que si bien La Ilíada es un poema épico coral, La Odisea, como su propio nombre indica, se centra más en un personaje (y su familia) y su fuerza narrativa resulta más ordenada que la de la obra precedente.
En la relectura, me ha llamado la atención el drama humano que hay entre tanto conflicto divino. Más allá del amor de Odiseo por su familia, me ha cautivado el drama de Penélope, pero sobre todo el de Telémaco, un joven que apenas recuerda a su padre, y que aún así lo busca, sintiéndose menor frente a los pretendientes de su madre, que lo humillan y maltrata. Odiseo debe regresar a casa como un héroe, pero Telémaco debe convertirse en uno a través de la memoria de un padre que jamás conoció.
Pongo especial atención a la pequeña, pero significativa escena, en la que Odiseo se reencuentra con su perro, Argos. Lo dejó siendo un espléndido cachorro y cuando regresa, contempla que el animal ha sido abandonado y está infestado de garrapatas, como su propio reino. Es este fiel can el único que reconoce a Odiseo, pese a los hechizos de Atenea, y, tras saludar a su amo, muere. No es de extrañar que clásicos como La Odisea lo sigan siendo.
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| Ulises y Telémaco emprenden la escabechina contra sus enemigos, según Thomas Degeorge. |
La astucia como arma
Más allá de la fuerza bruta, La Odisea defiende la astucia y la sagacidad de Ulises como su mayor arma; es más, es el apoyo de Atenea, divinidad vinculada a la sabiduría, al héroe el que logra que este salga invicto en varios desafíos. No obstante, esto no relega la propia inteligencia humana, un triunfo que supone a cada oyente o lector de la obra una esperanza frente a la adversidad.
Sin embargo, tenemos también escenas de matanzas, como la que emprende Ulises contra Antínoo, narrada con una fuerza visual que, tantos siglos después, todavía sorprende. Y es que la épica es un género que, aunque tiende hacia la visceralidad, también contiene una energía que no se apaga así como así.
Como ocurre en otros poemas del estilo, en La Odisea también se guardan una serie de moralejas sobre lo que debía ser un griego o una griega: buen padre, buen hijo, buena esposa... Aquellos que incumplen los mandatos divinos o se dejan llevar por sus más bajos instintos, sucumbirán ante el destino. Y como ya comenté con La Ilíada, permite asomarnos al uso y las costumbres de los griegos, véase, por ejemplo, cómo Zeus castiga a aquellos que no son buenos anfitriones.
La influencia ayuda a que el poema épico no se extinga. La Odisea ha sido el origen de numerosas adaptaciones en diferentes campos artísticos: novelas, musicales, videojuegos... En 2026, por ejemplo, tuvimos la versión de Christopher Nolan, aunque muchos nos criamos con la miniserie de 1997. No obstante, también hay obras que tocan elementos, como el Ulises de Joyce, o el O Brother, where art thou? de los Coen. Y es que bien se dice que los clásicos siguen vivos porque son referentes que no pasan de moda; no nos cabe duda que La Odisea es una de esas historias, ya que, sin duda, cada uno de nosotros, vive su propia odisea y espera regresar a Ítaca algún día.




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